En cada piso se sitúan al menos 8 altavoces (incluyendo
transductores adheridos a los cristales y la madera de la escalera).
Cada uno de estos altavoces posee un emplazamiento concreto
dentro de la antigua fábrica, haciendo resonar un lugar específico
del edificio. Podríamos entender cada uno de estos altavoces
como una isla dentro de un mismo archipiélago sonoro. Todas
estas fuentes sonoras son independientes, aunque a lo largo de
la obra se construyen relaciones claras entre ellas, tanto en el eje
horizontal (mismo piso) como en el eje vertical (entre el primer
y segundo piso). El establecimiento de estos nexos sonoros
delinea un mapa acústicamente complejo. En este sentido, para
la composición de esta obra se desarrollan varias cartografías
en las que se establecen vasos comunicantes entre los altavoces
del primer y segundo piso: una configuración variable que se
va alterando a lo largo de la obra. Esta relación crea un vínculo
invisible, una serie de reflejos entre dos universos sonoros
paralelos, separados por la propia arquitectura del lugar. En
este sentido, como escribe María Zambrano, “¿Une la música los
contrarios, o está alentando antes de que los haya?” (2019). Estos
contrarios, entendidos geográficamente como altavoces distantes,
aúnan puntos distantes en el mapa, crean itinerarios de la escucha,
identidades reconocibles en el espacio.
La partitura de la obra refleja también cierto carácter insular.
Dividida en 11 secciones bien diferenciadas, cada una de ellas
posee un epígrafe referido a una isla imaginaria (proveniente
de la literatura y la mitología) o a alguna isla erróneamente
cartografiada e incluida en algún mapa del pasado. La alusión
a estas islas es simplemente poética, sin ninguna intención
ilustrativa o descriptiva más allá de algún pequeño guiño formal
(por ejemplo, la isla de Buian aparece y desaparece en el océano,
comportándose el material de esta sección de manera análoga).
La fascinación por las cartografías inexactas y la geografía
mitológica siempre me ha perseguido. De alguna manera, intuyo
que esta fascinación tiene que ver con la memoria, con cómo
se estructuran los recuerdos, cómo emergen de forma insular e
inexacta, filtrada, residual. Como afirma Zambrano:
“La isla nos parece ser el residuo de algo (...), la sede de algo
incorruptible que ha quedado ahí para que algunos afortunados
lo descubran.” (2007)
En Insula/insulae las islas son islas del recuerdo. Cada punto
geográfico se convierte en el depositario de algún recuerdo
sonoro personal. Los materiales que empleo provienen, en
su origen, de retazos de otras obras, de mi archivo. Estos son
manipulados y filtrados de forma que su identidad originaria
resulta irreconocible. El residuo de estos recuerdos sonoros es
distribuido por el archipiélago de altavoces, dispersándose y
perdiéndose por el espacio de la fábrica.
EL MAPA: ISLAS,
SECCIONES TIEMPO Y SONIDO
Eea (Odisea, canto X).
Ultima Thule (Mapa de Ptolomeo).
Ogigia (Odisea, canto V).
Baltia (Plinio el Viejo, Naturalis Historia).
Null (isla inexistente en las coordenadas 0ºN 0ºE, se incorpora al imaginario colectivo en el año 2011).
Eolia, isla flotante (Odisea, canto X).
Buian (mitología eslava).
Trinacia (Odisea, canto XII).
Rupes Nigra (Atlas póstumo de Mercator (1595)).
Antillia (Atlas de Andrea Bianco (1448)).
Tír na Nóg (mitología irlandesa).
Zorrotzaurre (aún por descubrir).
CONTINUACIÓN